Personajes Ilustres

FRANCISCA LAREQUI Y GOÑI

Francisca Larequi y Goñi, hija de Juan Miguel Larequi y Clara Ventura Goñi, nació en Zizur Mayor el 10 de octubre de 1828.

Esta mujer que iba a encarar una vida de oración, fue bautizada en la iglesia de Zizur Mayor el día 12 de octubre del mismo año. A los 22 años, después de cursar estudios en la escuela de la localidad y más tarde en Pamplona, se trasladó a Madrid, donde en 1859 ingresó en el Instituto de las Hijas de la Caridad fundado por San Vicente de Paúl.

Años más tarde, en el 1874, fue nombrada Superiora. Pero la pasión con la que Francisca afrontaba su compromiso con los pobres y la responsabilidad que adquirió como gestora de la orden de los desfavorecidos, le llevó a ocupar otros cargos.

Sor Francisca debió de ejercer su cargo y su apostolado con tanta intensidad que todas las clases sociales debieron agradecer su quehacer. Como prueba de ello, se sabe que el entierro celebrado tras su muerte, ocurrida en Madrid el 27 de octubre de 1902, constituyó una auténtica manifestación general de duelo. A la cabeza del féretro iba el marqués de Santa Genoveva, en representación de la Reina. Acompañaban también al cortejo cuatro guardias municipales a caballo, los niños del hospicio, varios ex diputados y numerosas personalidades políticas y militares de Madrid, todos ellos acompañados por el pueblo llano de Madrid.

TERESA ONIEVA SANTAMARÍA

Teresa Onieva nació en Estella en 1887 en el seno de una familia numerosa. Tuvo cinco hermanos más y era hija de Salustina (¿) Santamaría y de Manuel Onieva, un hombre comprometido con su tiempo, que fue maestro de las escuelas de Peralta (1886) y Estella (1894). Desde pequeña, Teresa supo que lo suyo era enseñar y educar. Pasó la infancia en Estella y de esa época guardaba excelentes recuerdos.

Desde pequeña tuvo muy claro, y en ello influyó su padre, que su vida la iba a dedicar a compartir conocimientos y habilidades para manejarse en una vida dura como el tiempo que le tocó vivir. De familia bastante inquieta intelectualmente —un hermano suyo, Antonio Juan Onieva, fue periodista, orador y autor de numerosas obras de literatura—, estudió magisterio en Pamplona y pronto obtuvo una plaza en el pequeño pueblo de Zizur Mayor.

Aquí consagró definitivamente su vida a la enseñanza, y aquí se hizo, no solo un hueco físico en el pueblo, sino en el alma de muchos niños y niñas de la localidad, que aún hoy la recuerdan como una de las maestras que más huella ha dejado en sus currículos vitales. Teresa incorporó a la enseñanza la pasión por los viajes y los descubrimientos y una visión universalista nada común en aquellos tiempos.

Fue maestra de la localidad entre 1920 y 1957. Su compromiso no era solo con la infancia, sino también con los adultos y con toda la localidad. Así participó en numerosas reuniones del Concejo y se implicó personalmente en la vida vecinal de su localidad.

Una localidad que la hizo hija predilecta en el año 1946 y que, en 1957, con motivo de su jubilación, le tributó un emotivo y cálido homenaje. Pero el pueblo fue aún más allá. Quiso que, en adelante, la escuela de niñas se llamara «Teresa Onieva». Siendo ya nonagenaria, murió en Pamplona.

ANTONIO ASTRÁIN ANSOÁIN

Antonio supo desde muy pronto que su vida no iba a discurrir en el pequeño pueblo de la Cendea que lo vio nacer. A los 14 años ingresó en la Compañía de Jesús, entidad religiosa que había poseído diversas propiedades en algunos pueblos de la Cendea (Barañáin, Zizur Mayor).

Los jesuitas ya habían sido expulsados de España y él forjó su futuro como intelectual e historiador en el noviciado de Poyanne (sur de Francia), refugio de la orden tras la expulsión decretada por la Revolución de 1868. Allí coincidió con Francisco Gárate, jesuita beatificado en 1982.

El nuevo orden de la Restauración borbónica posibilitó la vuelta de las órdenes religiosas, y entre ellas, la de los jesuitas. Así que Astráin completó sus estudios en Carrión de los Condes y Oña, ordenándose sacerdote en 1886.

Enseñó retórica en Loyola entre 1887 y 1890 y dirigió la revista El Mensajero del Corazón de Jesús entre 1890 y 1893.

Asimismo, por encargo del General de la Compañía, P. Luis Martín, comenzó a escribir la historia de la misma, tarea a la que se consagró durante 30 años. La obra, imprescindible para recorrer la trayectoria de la Compañía, consta de 7 volúmenes y fue apareciendo desde 1902 hasta 1925. En 1923 fue elegido vocal de la Congregación General. También escribió “La Vida breve de San Ignacio de Loyola”, fundador de la Compañía de Jesús (1926).

JESÚS BERGARA

Este hombre quiso nacer en un año en que los cimientos del mundo se conmovieron durante diez días. Y es que vino al mundo el año en que Rusia estrenaba una revolución sin precedentes.

Pero en su Santacara natal, las cosas se vivían más despacio. Sus padres, Dionisio Bergasa y Visitación Navarro, quisieron lo mejor para él, así que desde pequeño lo instaron a que estudiara.

Pronto se trasladó a Pamplona, donde ingresó en el antiguo colegio de los Hermanos Maristas, ubicado en la calle Navas de Tolosa. Aquí realizó estudios de bachiller. Posteriormente se enroló en la Escuela Normal de Maestros, donde completó los estudios de magisterio.

Hombre de gran agilidad mental y con las ideas claras, pronto comenzó a ejercer su profesión. Su primer destino con el título de maestro en la mano, muy joven por cierto, fue el pueblo de Turrillas, en el valle de Izagaondoa.

Posteriormente se trasladó a Murillo el Cuende, localidad cercana a su lugar de nacimiento. A los 31 años, ya avezado maestro, llegó a Zizur Mayor, donde se reencontró con la vida rural que evocaba de su infancia en Santacara. Aquí se implicó no solo profesionalmente, sino personalmente.

Hizo de este pueblo el suyo propio, ya que en esta localidad enseñó durante 22 años (1948-1970) a cientos de niños los principios elementales de las letras y los números.

El tiempo que le sobraba lo dedicaba a leer y a dar grandes paseos. Amante de la naturaleza, le gustaba viajar y conocer otros pueblos y culturas. Ejerció de secretario mientras compaginaba su profesión en la escuela de niños, y no descuidaba la ocasión para ir de caza o de pesca, sus aficiones favoritas.

Falleció en Pamplona el 7 de mayo de 1987.

VÍCTOR BARÁIBAR

Víctor Baráibar nació en el pequeño pueblo de Burutáin, en el valle de Anué, cuando el siglo comenzaba su andadura. El pueblo entonces tenía poco más de cien habitantes.

Poco se sabe de la infancia de este hombre, que dejó huella en un pueblo que poco tenía que ver con el suyo. Sus padres le inculcaron la pasión por la naturaleza, lo cual no era de extrañar en un ambiente rico en paisajes, pero también la pasión por el saber.

Pronto decidió, a diferencia de otros chicos de su edad, que tuvieron que emigrar o quedarse en el pueblo para levantar la casa familiar, salir en busca de nuevos horizontes y estudiar.

Él lo podía hacer, y buscó un hueco en la Universidad de Zaragoza, donde realizó estudios de Medicina. A los 24 años se licenció en Medicina y Cirugía por dicha universidad, y con el título en la mano comenzó a buscar trabajo.

De esta forma llegó al pueblo de Zizur Mayor, donde un mes antes de la proclamación de la II República (1931) presentó su currículun vítae, en el que consta que, además de medico, era inspector municipal de sanidad.

Habiendo el concejo solicitado una plaza de médico titular, Víctor Baráibar «consideraba que tenía aptitudes suficientes para el expresado cargo». El Concejo le concedió la plaza vacante en 1931. A partir de entonces, Víctor se volcó en cuerpo y alma en el pueblo.

De aspecto taciturno pero de agradable presencia y trato, siempre estuvo donde un médico rural debía de estar: a todas horas y para todo.

Lo mismo asistía a parturientas en colaboración de las comadronas del pueblo que trataba las numerosas afecciones y enfermedades de la época (viruela, tos ferina, etc.).

Amigo personal de la familia Ansa, con la que compartió más que casa y amistad, este hombre es todavía recordado en el pueblo por su voluntad y disposición.

Amante de la lectura e instruido, pero de gustos reservados, murió en plenitud de su carrera profesional mientras se encontraba trabajando en su consulta.

Tenía 49 años.

JERÓNIMO DE AYANZ Y BEAMONT

Si hubiera que buscar alguna definición que englobara todo el potencial de este caballero navarro nacido en Guenduláin, (Cendea de Cizur) en 1553, sería el de un gran humanista, un hombre polifacético de gran carga intelectual.

Fue militar, músico, cantor, pintor, cosmógrafo, empresario y, sobre todo, un innovador, un inventor. Perteneciente a una de las familias más notables de reino —hijo de Catalina deBeaumont y de Carlos de Ayanz—, pasó su infancia en el señorío de Guenduláin hasta que en 1567 se desplazó a Madrid como paje de Felipe II.

En Madrid se decía de él que era uno de los caballeros más celebrados, de más valor y de más nombre que hubo en su tiempo en España. Y es que hasta Lope de Vega lo incluyó como personaje en una obra de teatro y le compuso un soneto cuando se murió.

Pero quizá la obra más destacada de su agitada y extensa vida fue el haber inventado ni más ni menos que la máquina de vapor.

Jerónimo de Ayanz fue nombrado Administrador General de Minas del Reino en 1587. Desde este cargo desplegó su enorme capacidad para resolver algunos de los graves problemas de la minería de entonces, en concreto el de la extracción de plata en Potosí.

Años más tarde intervino en no pocas invenciones relacionadas con la náutica, diseñando el primer precedente del submarino, lo que causó una enorme sensación en Felipe II. Asimismo, investigó en el campo de la agricultura, donde mejoró los sistemas de molinos y las presas.

Murió, en su sano juicio, en Madrid el 17 de marzo de 1613.

PEDRO XIMÉNEZ

Pedro Ximénez nació en Gazólaz durante la primera mitad del siglo XIII, cuando la catedral de Pamplona controlaba no solo la tierra de la Cuenca y la Cendea de Cizur, sino también la vida de sus vecinos.

Era hijo de Ximénez de Gazólaz, noble y caballero principal del incipiente reino de Pamplona. De su madre no tenemos noticias.

El 20 de enero de 1242, su nombre aparece en la historia eclesiástica con el título de obispo electo de Pamplona. Al parecer, este hombre, según uno de sus biógrafos más destacados, José Goñi Gaztambide, era «enérgico, indomable y autoritario. Su carácter tenía algo de dureza, de la agresividad, de la inflexible energía de su contemporáneo, Inocencio IV». Quizá eso le valiera para defender sus posiciones frente a la corona en su intento de mediatizar al poder religioso.

El enfrentamiento más destacado lo tuvo con Teobaldo I; si bien la excusa fue un pleito acerca de unas posesiones en la villa de Aoiz (1244), en el fondo se trataba de una cuestión de poder. El obispo acusó formalmente a Teobaldo de atentar contra la libertad de la Iglesia. A partir de ese momento se desencadenó una lucha tremenda entre ambos, hasta el punto que Teobaldo acusó al obispo de haber incurrido en excomunión.

Siguió su particular pelea contra la corona en la figura de Teobaldo II y demostró nuevamente el talante indomable de un servidor de las milicias divinas que fue más allá de la lucha espiritual.

Se granjeó numerosos enemigos, incluso en el seno de la iglesia-catedra. Tuvo numerosos conflictos con los monasterios, a los que se enfrentó. Es el caso de Irache, al que exigió la libre ordenación de las iglesias dependientes del monasterio. También tuvo sus peleas con el monasterio de San Juan de la Peña en 1353, con los franciscanos, y con el obispo de Zaragoza.

Su vida y su obra es la suma de la ambición, el poder, la arrogancia y el enfrentamiento con sus opositores. En juego estaban el poder y el control de una institución que antificaba guerras y que también generaba numerosos ingresos.

Murió el 28 de octubre de 1266 mientras los burgos se unían en Pamplona.

PEDRO URDÁNOZ SENOSIÁIN

Pedro Urdánoz Senosiáin era hijo de Ángela Senosiáin y de Sebastián Urdánoz, un rico hacendado de Zizur Mayor, nació en Zizur Mayor el 5 de diciembre de 1895. Pasó su infancia en la localidad y, como el resto de los chicos de su edad, compartió juegos y estudios en el pueblo que lo vio nacer. De su padre aprendió las habilidades industriales y de su madre la voluntad de ser alguien en la vida.
En el año 1918, Pedro Urdánoz adquirió la casa de la «venta» y otros terrenos cercanos y contrajo matrimonio con la hija de un molinero, trabajador de la venta, Áurea San Miguel. De esta unión, el matrimonio tuvo nueve hijos. Áurea iba a ser el alma de la venta y del pequeño complejo comercial que se creó en torno a la misma, un territorio en el cual se podía encontrar de todo.

En 1931, Pedro Urdánoz, junto a su cuñado Damián Larumbe, un hombre con experiencia demostrada en las ya «modernas» fábricas de harinas, crearon la sociedad «Urdánoz y Larumbe» y pusieron en marcha, en diciembre de 1931, la fábrica de harinas San Andrés, con un capital de 42.000 pesetas.

Pedro Urdánoz participó activamente de la vida municipal, ya que fue concejal oncenante durante la década de 1940. Años más tarde se inició en los negocios inmobiliarios. Pero a diferencia de la actual especulación, a Pedro Urdánoz también lo movía un interés social, aunque, como buen industrial, tampoco renunciaba a ciertas plusvalías.

En la década de 1950 propició la construcción de la Casa Grande en terrenos de su propiedad y también fue el impulsor del conocido «Grupo Urdánoz», en el término de Echavacoiz. Estas viviendas (560), que se promocionaron por un precio bastante razonable, estaban destinadas a los obreros llegados a la capital navarra para emplearse en sus pujantes industrias. También promovió la obra del denominado «Puente Zizur».

Murió en Zizur Mayor el 27 de diciembre de 1966.