Curiosidades

EL EUSKERA EN ZIZUR MAYOR

El euskara fue, hasta la primera guerra carlista (1833-1840), la lengua hegemónica de la vecindad de Zizur Mayor. Las clases populares seguían entendiéndose, comunicándose y amándose en euskara, aunque otra gente en el pueblo utilizase el romance. La élite dominante, compuesta de nobles, hidalgos y eclesiásticos, estaba obligada —aunque su lengua materna fuera el «idioma vascongado»— a conocer el romance, ya que era la lengua utilizada en las relaciones comerciales, económicas y sociales.Libro abierto

Estas personas hacendadas utilizarían desde el siglo XVI el romance para sus transacciones y relaciones con otras familias de fuera de la localidad. Pero el euskara era la lengua del pueblo, que lo hablaba pero no sabía leerlo ni escribirlo.

La trascendencia que la lengua vasca tuvo en la población ha quedado reflejada en el nombre de sus solares, de sus casas más antiguas. Y es que las casas de Zizur Mayor mantuvieron su nombreeuskaldun hasta fines del siglo XIX. También aquí se mantuvo la costumbre ancestral de trascender en la historia a través de la casa, de la tierra en que se vivía. La casa era el patrimonio indivisible que pasaba de padres a hijas e hijos. La casa tomaba el nombre del topónimo donde se ubicaba, del lugar, del nombre de su poseedor o propietario o del oficio. Y ello indica hasta que punto la casa era más que un refugio: imprimía identidad a sus moradores porque el nombre que se otorgaba a la casa era el mismo que recibían sus poseedores.

El euskara estaba vivo, era hablado y seguía siendo la lengua de Zizur Mayor en 1837. Ese mismo año, los habitantes de Zizur Mayor todavía llamaban Zizur Chiqui bidea al camino que los unía con Cizur Menor.

La utilización del vasco o euskara en Zizur Mayor fue decayendo a lo largo del siglo XIX debido a la presión lingüística del castellano como lengua oficial. En esta presión no hay que olvidar el significado que tuvo la imposición del castellano como lengua de aprendizaje e instrucción en la escuela. De esta forma, el euskara era ya minoritario el 29 de marzo de 1875.

ROMEO Y JULIETA EN ZIZUR MAYOR

Pero, al margen de los problemas sociales, de los pleitos y los duelos, en Zizur Mayor también se dirimían otros asuntos que tenían que ver con el corazón y las pasiones. En 1577, el criminal Pedro de Aramburu estaba preso en las Cárceles Reales de Pamplona. Este personaje había sido durante tres años sirviente en la casa de Tomás de Goñi, vecino de Zizur Mayor. Al parecer, mientras servía a su amo, tuvo tiempo de enamorarse de su hija, Catalina de Goñi. Pero el padre de Catalina no debió de considerar que el tal Pedro podía ser un buen yerno, no tanto como persona, pues eso no contaba mucho en esos tiempos, sino como compañero de mesa y de negocios.
Foto en blanco y negro de una pareja bailandoPedro tal vez fuera un bastardo y además era un simple criado, y eso no era de recibo en una sociedad regida por el linaje, la estirpe y la clase. Así que, aunque Catalina dio muestras de enamoramiento, en cuanto el padre se enteró, lo echó de la casa sin más contemplaciones.

Pedro Aramburu se refugió en el lugar de Guenduláin, donde estuvo viviendo siete meses y de donde apenas salía. Mientras tanto, Catalina de Goñi seguía enamorada de su amado y sirviente y partió en su busca. No lo encontró en Guenduláin, pero alguien le dijo que se encontraba en la casa de la orden de San Juan de Jerusalén en Cizur Menor.

Parece ser que, después de negociar con los sanjuanistas, se quedó junto a él, pero, según su propio testimonio, «sin tener relaciones plenas», cuestión ésta de gran trascendencia en aquella época. Catalina volvió al día siguiente y lo halló «en casa del vizconde de la colina y dando las fes otra vez durmieron en una cama y tuvieron acceso y cópula carnal como marido y mujer y la desfloro de su virginidad en la dicha noche».

Cuando el padre de Catalina se enteró de la nueva situación, no admitió a su hija y la encerró en casa a modo de reclusión forzada durante veinte días hasta que ella, harta, logró escapar y llegar hasta el «lugar de Xavier», que era el lugar al que había ido Pedro Aramburu a refugiarse.

Ya juntos, emprendieron camino hacia otros territorios donde poder amarse sin contratiempos ni vigilancias. Celebrados los esponsales, «públicamente de mano de sacerdote y precediendo las denunciaciones», contrajeron matrimonio en la iglesia de la villa de Sos del Rey Católico.

Sin embargo, la pareja tuvo que esperar un tiempo para ser feliz. Y es que Pedro fue detenido y acusado de matrimonio clandestino y llevado a las Cárceles Reales de Pamplona situadas en la plaza de San Francisco. Ese era el precio por desafiar las normas familiares. Tras un largo proceso, fue liberado, y Catalina le declaró su amor incondicional.

AMORES PROHIBIDOS

Casi ciento veinte años más tarde, murió el abad de Zizur Mayor, Pedro de Zabalza. Así que en 1695,  Fermín de Arteta, diacono natural de Zizur Mayor, fue propuesto por todos los vecinos para el cargo de abad del pueblo. En 1700, Fermín de Arteta había contratado a Josepha Villanueva como ama en la casa abacial.Foto en blanco y negro de una mujer dando de comer a las gallinas

Tras cuatro años de convivencia fue acusado por sus convecinos y feligreses de relaciones ilícitas con ella. Y es que Josepha no salía de casa, no se le veía en misa ni en ninguna función religiosa por lo que sus vecinos comenzaron a sospechar de ella.

Fermín fue acusado formalmente y condenado a pagar veinte ducados además de un castigo de tres meses de reclusión en el convento de los Trinitarios de la ciudad de Pamplona por estos motivos. A pesar de este castigo, la relación con Josepha siguió siendo estable.

Tanto debió de ser así que en 1708, ésta permanecía en su casa, aunque en la clandestinidad. Josepha, sin duda, era una mujer creyente sobre la que recaía la peor parte de esta historia. Y es que ella debía de seguir escondida en la casa. Si quería oír misa, como así lo hacía diariamente, lo debía de hacer escondida en un hueco del campanario.

EPIDEMIAS DE CÓLERA

La peste, la terrible dama negra, fue el azote mortal de Europa durante la Edad Media y la Edad Moderna.

Durante los siglos XVIII y XIX, Europa conoció otras enfermedades importadas allende los mares, que diezmaron a una población ya de por sí debilitada a causa de las guerras y hambrunas de dos siglos de intensa lucha contra los fenómenos naturales y la propia codicia de los hombres.

Los ejércitos alistados en las innumerables guerras que asolaron la Península durante esos siglos fueron portadores de virus malignos. Y es que eran milicias de desarrapados, hambrientos, mal equipados, que vivían en condiciones de insalubridad tales que, necesariamente, tenían consecuencias negativas sobre la población ocupada.

El paludismo, la viruela, el tifus y la difteria causaron estragos durante el siglo XVIII.

Navarra perdió durante el siglo XIX casi 30.000 personas como consecuencia de las diferentes epidemias de cólera que se sucedieron (1855, 1865 y 1885).

El cólera, también llamado cólera morbo, era una enfermedad aguda y contagiosa, que surgió en India en 1817 para llegar a Inglaterra y Francia en 1831 y pasar posteriormente a la Península ibérica en 1833. El duro invierno de ese año favoreció su escasa o nula incidencia, pero en 1834 el cólera morbo entró en la Península procedente de Portugal.

La falta de higiene de una población pobre y mal alimentada fue la principal causa de su rápida propagación.

Tres nuevos brotes se presentaron en Navarra en 1855, 1865 y 1885.

Las administraciones, intentaron mejorar las condiciones socioalimentarias.

Las ferias y mercados se suspendían, así como la actividad escolar, todo con el fin de evitar el contagio masivo.

También se establecían controles sanitarios y se acordonaban las poblaciones para evitar la propagación.
Foto en blanco y negro de un funeralUna de las medidas, entre otras, que contribuyó a mejorar la salud medioambiental del momento, a frenar las epidemias y a mejorar las condiciones higiénicas de las localidades, fue la determinación de construir cementerios en zonas alejadas de los núcleos de población.

Esta medida contribuyó, sin duda, a erradicar numerosas enfermedades.

Hasta finales del siglo XVIII la población navarra enterraba a sus muertos dentro o alrededor de las iglesias. Quien más dinero tenía, disponía que su cuerpo estuviera lo más cerca posible del altar mayor. Desde ahí al cielo había menos trayecto que desde la puerta trasera de la iglesia, lugar donde se enterraban los menos pudientes.

Pero no sería hasta el siglo XIX cuando definitivamente desaparecerían las fosas bajo el suelo de las iglesias.

En 1841, todavía una niña de 15 meses de Gazólaz, llamada Ramona Sanz, se enterró en el camposanto rural de la ermita de Ardoi «por no estar habilitado el de este pueblo».

En 1880 se hizo un listado con los cementerios que había en la Cendea de Cizur. El de Zizur Mayor, dedicado a San Andrés, estaba situado sobre caliza, a 500 metros del pueblo, ya que era importante marcar una distancia entre la localidad y su cementerio para evitar posibles contaminaciones en el aire y el agua. La epidemia de cólera de 1855 tuvo una incidencia notable entre la población navarra.

Nicasio Landa, medico oficial durante la epidemia de cólera entre 1854 y 1855, cifró el número de muertos en Navarra en 137 por cada mil habitantes. Otras fuentes cifran la mortandad en 13.715 personas en Navarra, cifra que parece muy elevada. Por su parte, Jordi Nadal calculó que Navarra había perdido el 4 por ciento de sus habitantes. Esta epidemia afectó a toda Navarra, si bien algunas localidades como Mélida, Carcastillo, Murillo o Santacara, consiguieron evitar su presencia.

El 10 de agosto del 1885, ante un nuevo brote de cólera en Navarra, la Junta Local de Sanidad emitió las «Breves indicaciones sobre el cólera dedicadas a la Cendea de Cizur». Estas indicaciones fueron:

«Mucha limpieza en los pueblos y casas,rociando las habitaciones todos los días después de extremado, principalmente durante la invasión del cólera en el pueblo con una disolución de cloruro de sal, o de ácido fenico y más fácil de azufre. Toda persona debía llevar en el bolsillo un pañuelo rociado con aguardiente alcanforado o con vinagre especial que se vendía en Pamplona en la Farmacia del señor Marquina, antes del señor Borrás cuyo producto se va a destinar a los pobres. No comer frutas ni verduras y en caso de usar de ellas que sea en corta cantidad y cocidas. Los mejores alimentos son los caldos de carne, sopas de arroz y de habas, carne asada, poco y buen vino y después de las comidas el té o café con ron, coñac o aguardient».Foto en blanco y negro de un funeral

Otra recomendación hacía referencia a que en todos los pueblos y casas se tuviera almacenado una cantidad precisa de artículos de manera preventiva como cloruro de cal, ácido fenico, ácido clorhídrico, aceite de ricino, alcohol alcanforado, coñac y láudano. Asimismo se previno a la población de la Cendea, en su mayoría analfabeta y muy dada a las supersticiones, para que no depositaran su confianza en «remedios secretos» y siguieran las instrucciones y consejos esgrimidos en las anteriores recomendaciones.

El facultativo que realizó estos mandatos debía confiar especialmente en la responsabilidad de las mujeres de la Cendea y en su buen hacer como cuidadoras.

UN ATERRIZAJE FORZOSO EN ZIZUR MAYOR

El 29 de marzo de 1875, sobre las cinco y media de la tarde, se produjo un aterrizaje inesperado en la localidad. Nadie daba crédito a lo que estaba viendo. Un globo caía sobre los campos de Zizur Mayor.

La gente sabía del drama de la guerra, pero nunca había visto un artilugio semejante. Y es que cuatro franceses aterrizaron, de forma fortuita, en Zizur Mayor. Al mando de este vuelo se encontraban el aeronauta Eugenio Godard acompañado de su amigo Sénamaud, comerciante de Burdeos.

Estos intrépidos viajeros salieron de Bayona y pretendían dirigirse a la localidad vasco francesa de Ezpeleta. Antes de realizar el viaje en el globo llamado Saturne, los promotores pusieron carteles por Bayona para reclutar voluntarios de viaje. Julián Vinson fue uno de ellos.

Cayeron ya de noche, en la cantera de Zizur Mayor. Eso sí, bastante malheridos.

Los tripulantes, desorientados, no sabían donde se encontraban. En un principio, nadie acudió en su ayuda. Sobre las cuatro y media de la madrugada oyeron las campanas de la iglesia y divisaron, a la luz de la luna, las casas de Zizur Mayor.

Al día siguiente, el grupo de aventureros y lexicólogos entraron en la capital en honor de multitudes. Las vecinas de Zizur nunca podrían imaginar que habían visto, hambriento y malherido, al que iba a ser el autor de una de las obras de investigación más valiosas de la historia de la lengua vasca: Essai d’une bibliographie de la langue basque.