Paisaje

Hace 5.000 años, el territorio de la Cendea de Cizur estaba ocupado en su mayor parte por grandes extensiones de bosque, sobre todo de quejigos cuyo desarrollo se veía favorecido por el fondo margoso de los suelos. La última gran glaciación ya había concluido, y el clima más templado favoreció la emergencia de grandes masas forestales que cubrían gran parte de Navarra, excepto en las zonas más elevadas.

La transformación de ese paisaje arcaico y bucólico de bosques de variadas especies comenzó cuando los distintos grupos humanos que habitaron la cuenca de Pamplona necesitaron roturar, talar y quemar el bosque para reconvertirlo en pastizales productivos donde apacentar sus ganados. Esas gentes empezaron a cambiar sus hábitos de vida, y pasaron de ser cazadores a ser recolectores y a vivir de la agricultura y la ganadería. Así, se vieron en la necesidad de conquistar el bosque, de transformarlo, de ir ganando terrenos para destinarlos a las nuevas necesidades y formas de explotación.

Las invasiones indoeuropeas del I milenio a.C. trajeron consigo nuevas y más eficaces técnicas agropecuarias que, tal vez, alteraron la cubierta vegetal de amplias zonas de Navarra, entre ellas la Cuenca. La llegada de gentes romanas volvió a transformar ese paisaje debido a la creación de vías de comunicación, al aumento de la presión demográfica.

Durante la Edad Media, las largas guerras, invasiones y, sobre todo, el lento pero continuo incremento demográfico, fueron arrebatando terreno al bosque natural en beneficio de los campos de labor y, en especial, de los pastos. Y es que durante los siglos XI y XII se produjo un aumento de población que exigió superar el tradicional policultivo de forma autárquica que caracterizaba el autoabastecimiento de muchas aldeas para incorporar nuevas tierras conquistadas a los bosques. De ello se van a aprovechar los monasterios de Roncesvalles, Irache, Leire, La Oliva o la orden de San Juan de Jerusalén, los cuales tuvieron una notable influencia económica sobre la Cendea y sobre Zizur Mayor.

Si bien a lo largo de la historia se ha influido en el paisaje, las transformaciones del mismo han estado controladas por un equilibrio de intervenciones que ha mantenido una relativa estabilidad de la diversidad biológica. Y es que lo que queda del paisaje vegetal de Zizur Mayor no es mucho. Del total de superficie del municipio, 550 hectáreas, el 38 % corresponde a terreno de cultivos, terrazgos y pequeñas masas arbóreas. No obstante, las especies más comunes son las mismas que en el resto de la Cendea, especies propias de una zona de tránsito bioclimático entre lo atlántico y lo mediterráneo. El pino carrasco es una especie que corresponde a plantaciones recientes.

La mayor de éstas se encuentra en el paraje de Miravalles. El pino laricio es una de las especies más extendidas, aunque procede de repoblaciones, es una especie muy usada en todo el área de la cuenca de Pamplona. En algunas zonas de la Cendea (Guenduláin, Larraya, Sagüés, Undiano o Paternáin), aún se pueden contemplar pequeños bosquetes de encina, roble, chaparras, boj y algunos avellanos. Sin embargo, los olmos, fresnos y álamos, tan típicos de las riberas de los ríos, si bien se mantienen, están gravemente amenazados. Tan solo en la zona de Guenduláin se conserva una vegetación original de acacias, nogales, higueras y choperas. El camino Bideburu enlaza las localidades de barañáin y Zizur a través de la meseta de Eulza.

Esa es la única vegetación que se conserva en la actualidad junto a las hileras de plataneros que bordean los alrededores de La Balsa, uno de los restos hidrológicos que han sobrevivido en la zona, fruto de las permeabilidades acuíferas sobre un terreno de areniscas y conglomerados. El resto es un paisaje agrícola de campos que todavía producen excelentes cosechas de cereal y árboles de nueva plantación. Si seguimos el curso del río Elorz podemos intuir lo que en su día fue la vegetación por la que serpenteaba el río, pero solo eso, intuir o imaginar. Hoy solo vemos chopos y algunos fresnos entre junqueras que marcan las orillas de un río que empezó a enfermar con la implantación de las empresas cercanas, Potasas de Navarra, inquinasa, etc.

Durante el siglo pasado, la concentración parcelaria tuvo una enorme incidencia sobre el paisaje vegetal. Esta actuación remodeladora y reguladora del espacio productivo agrario promovida por el Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario (IRYDA) a partir de la década de 1960, tuvo unas consecuencias de enorme trascendencia para la fisonomía del paisaje de la Cuenca. Y por supuesto para el paisaje de Zizur Mayor. Antes de esa fechas, en la década de 1940, eran muy numerosas las parcelas y las pequeñas propiedades que salpicaban todo el término municipal. Esa fragmentación dificultaba las labores del campo, que eran más costosas en términos de tiempo y mano de obra empleada, y resultaba incompatible con las nuevas técnicas agrarias y con el empleo de la maquinaria industrial surgida a partir de la segunda década del siglo XX.

La concentración parcelaria se inició en Zizur Mayor en 1985, finalizando el proceso en 1990.

La puesta en marcha de esta reforma era técnicamente más viable que en otros lugares, ya que el agro de Zizur presentaba una topografía suave de campos abiertos y escasas superficies boscosas.

Si bien tuvo sus resistencias entre los agricultores, provocó grandes ventajas como la utilización más racional de la maquinaria agrícola, la mejora de la red viaria y la accesibilidad a las fincas.

Por otro lado permite la combinación de las labores agrarias con otra ocupación externa a la explotación y facilita el arrendamiento de las tierras y el alquiler de las labores (Zaratiegui).