Los bautizos se celebraban con un gran reparto de chucherías entre la chiquillería. Pero antes de bautizar, dos mujeres del pueblo procuraban, con su saber popular, que llegar a este mundo no fuera una tragedia. Ambrosia Arriola y María Izco ayudaron a muchas mujeres de Zizur Mayor a parir bien. Eso sí, en presencia del médico titular del momento. La muerte igualaba a los hombres y mujeres. Pero la Iglesia de entonces se encargaba de diferenciar a los muertos. Y es que había funerales de primera, de segunda y de tercera. Todo en función de la riqueza del difunto. A más dinero, más curas en el último adiós. Hasta nueve si se era pudiente y cuatro o menos si se pertenecía a las clases más bajas. Después del funeral, la familia se juntaba con la vecindad y se aprovechaba para departir una suculenta merienda, un tentempié que también el cura debía de saborear.